Extinción de la dinastia catalana y
distanciamiento de la monarquia
(s. XV-XVII)
Un hecho decisivo en la progresiva asunción de poderes de la
Generalidad fue la extinción de la dinastía catalana en 1410, con la muerte de Martín
el Humano sin descendencia legítima. En el Compromiso de Caspe (1412) se decidió que la
Corona catalano-aragonesa pasara a manos de la dinastía castellana de los Trastámara en
la persona de Fernando I de Antequera. Las Cortes reunidas en Barcelona en 1412-1413
pusieron de manifiesto las primeras tensiones. El rey tuvo que escuchar los capítulos de
agravios, la exigencia de respetar las Constituciones de Cataluña y reconocer las
atribuciones de la Generalidad. Así lo hizo el rey Fernando I, de modo que a la
Generalidad no sólo le eran reconocidas su organización y atribuciones en materia
judicial y financiera, sino incluso las de carácter político: la Generalidad velaría
por el cumplimiento de las Constituciones de Cataluña, exigiéndolo, en caso necesario,
al propio rey.
Las Cortes de Barcelona de 1421, por la constitución Lo fruit de
les lleis (El fruto de las leyes), encargaban a la Generalidad el cuidado del sistema
constitucional del país y le conferían poder moderador con posibilidad de equilibrar el
autoritarismo monárquico. Esta función se vio reforzada en las cortes de 1481,
convocadas por Fernando II, en las que se acordó la constitución Poc valria: "Poc
valria fer lleis si no eren per nós el rei i els nostres oficials observades"
("De poco serviría promulgar leyes si no fueran observadas por nos el rey y
nuestros oficiales"). Así, la Generalidad prosiguió su misión de vigilancia
constitucional, junto con la Real Audiencia, reorganizada en 1483, que venía a ser una
anticipación del tribunal de garantías constitucionales.
De este modo, la Generalidad fue convirtiéndose progresivamente en
la más alta representación de los intereses de Cataluña y en la encarnizada defensora
de sus Constituciones y franquicias ante los reyes y ante la Inquisición.
Según las situaciones sociales y políticas de cada época, la
Generalidad ejerció en ocasiones formas oligárquicas de poder, como demuestra, por
ejemplo, el procedimiento de designación de sus componentes. En un principio los miembros
de la Generalidad se sucedían por cooptación, o sea, sus titulares designaban de hecho a
sus sucesores, y el presidente era siempre el representante del estamento eclesiástico.
Sin embargo, el rey Fernando II (1479-1516) impuso en 1488 la designación por
insaculación, es decir, que las personas fueran escogidas al azar entre una lista de
nombres propuesta por el rey o por los grupos dominantes. Por otra parte, el afianzamiento
del absolutismo monárquico, propio de la época, y la pujanza del poder municipal de
Barcelona restaron poder a la Generalidad. De hecho, Barcelona llegó a constituir una
especie de república municipal cuyo poder se extendía más allá de sus límites
urbanos. Su Consejo de Ciento, con facultades legislativas y consultivas, actuó a modo de
Parlamento.
Bajo el reinado de los Reyes Católicos, quienes aglutinaron las
coronas de Castilla y Cataluña-Aragón, se afianzó el dominio de Castilla. Fernando II
el Católico (1479-1516) introdujo en Cataluña instituciones castellanas (tribunal de la
Inquisición), hombres de gobierno e incluso tropas castellanas. La decadencia de
Barcelona y de sus instituciones daba pie a ello.
Con la sucesión de Fernando II el Católico por su nieto Carlos I
(1516-1556), primer monarca de la Casa de Habsburgo o de Austria, se acentuaron la
dependencia y aislamiento de Cataluña respecto a Castilla, a pesar de que su sucesor
Felipe II (1556-1598) no dudó en encargar a militares catalanes la gran expedición
contra los turcos: Lluís de Requesens fue el verdadero caudillo vencedor de la batalla de
Lepanto (1571). Juan de Austria, aún menor de edad, tan sólo era la figura honorífica
al frente de la armada.
Con la instauración de la dinastía de los Austrias, la realeza se
fue distanciando cada vez más de los intereses de la población. Tal distanciamiento se
expresaba en la introducción de la figura del virrey en Cataluña, como enviado y
representante del monarca. Una delegación de poderes que provocaba fricciones con la
Generalidad en momentos en que, además, en la propia Cataluña su máxima institución
era vista a veces como un poder oligárquico que controlaba las finanzas no siempre en
beneficio de los ciudadanos. La cuestión financiera creó tensiones con la Corona durante
el reinado de Felipe III (1598-1621) a causa de las contribuciones que se hacían pagar a
Cataluña en favor de los intereses de la Corona y que debían ser recaudadas precisamente
por la Generalidad. Esta situación incrementó el recelo de Cataluña y propició los
enfrentamientos que bajo Felipe IV (1621-1665) degenerarán en guerra abierta.
La mayor amenaza para las instituciones de Cataluña coincidió con
el reinado de Felipe IV. La minoría de edad del rey hizo del conde-duque de Olivares el
inspirador de una política centralizadora a cualquier precio, aconsejando al rey someter
todos los reinos de España "al estilo y las leyes de Castilla". La Guerra de
los Treinta Años (1618-1648), en la que Castilla se alió con Austria contra Francia,
provocó una serie de exigencias del rey y su consejero Olivares hacia los catalanes: que
colaborasen con dinero y hombres en una guerra que en absoluto afectaba a Cataluña. Las
Constituciones de Cataluña, que el propio rey había jurado, garantizaban el derecho de
los catalanes a hacerlo libremente, jamás por imposición. La Generalidad se vio sometida
a todo tipo de presiones en la persona de su Presidente Pau Claris y del representante del
brazo militar, Francesc de Tamarit, que fue encarcelado.
Por otro lado, la presencia de tropas reales castellanas en
Cataluña, lanzadas a los peores excesos de libertinaje y expolio en tierras catalanas
(tropas destinadas a la defensa de Rosselló contra las pretensiones territoriales
francesas) provocó en primer lugar la indignación de la población y luego su
levantamiento. El 7 de junio de 1640, festividad del Corpus, se producía la entrada de
los segadores en Barcelona, contra los realistas. Es el Corpus de Sangre, que provocará
la invasión ya planeada por el conde-duque de Olivares.
La Generalidad, presidida por Pau Claris, llamó a la resistencia
enviando a sus embajadores al rey de Francia, Luis XIII, al objeto de solicitar ayuda ante
la invasión del rey de España. El rey, por medio de Richelieu, prometió una ayuda
insuficiente y ofreció la creación de una república catalana.
El 26 de enero de 1641 se libró la batalla de Montjuïc contra el
ejército de Felipe IV, que, derrotado, se vio forzado a retirarse. Un mes más tarde
fallecía el Presidente Pau Claris, calificado por el Dietario de la Generalidad como un
"gran restaurador de nuestra patria y madre Cataluña, defensor y liberador de la
patria".
La destitución del conde-duque de Olivares, la presencia del hambre
y de la peste, y la promesa de Felipe IV de respetar las instituciones catalanas pusieron
fin a la guerra (1652). Sin embargo, no se trataba de la paz total.
Aunque la Guerra de los Treinta Años había concluido con la Paz de
Westfalia de 1648, por la que España perdía dominios en el centro de Europa, persistía
la guerra entre Francia y Castilla, la cual afectaba a Cataluña en sus territorios del
norte de los Pirineos. La firma de la Paz de los Pirineos en 1659 entre Luis XIV y Felipe
IV se saldó con una mutilación de Cataluña al ceder Felipe IV a Francia parte del
territorio catalán (Rosselló, Capcir, Conflent, Vallespir y parte de la Cerdanya),
transgrediendo las Constituciones de Cataluña.
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